jardín escultórico de Antonio Castillo
La aclamada novela Dorayaki de Durian Sukegawa explora la relación entre Sentaro, un joven que, tras salir de la cárcel, se dedica a vender Dorayakis, y Tokue, una anciana que, afectada por la enfermedad de Hansen, vive con las secuelas físicas y sociales de este diagnóstico. La obra culmina con una carta escrita por Tokue a Sentaro, en la que le transmite sus sentimientos: “Cada uno es capaz de hacer una contribución positiva al mundo a través de la simple observación, sin importar las circunstancias, porque nacimos para ver y escuchar el mundo”.
Cinco atardeceres, cinco amaneceres es una exposición que reúne diez esculturas inspiradas en aquellos artistas que han dejado una huella significativa en la trayectoria creativa de Antonio. La muestra, cargada de referencias, revela una realidad contemporánea del circuito artístico: un artista nunca está solo, sino que está en perpetuo diálogo con otrxs. A través de piezas que remiten a figuras como Theo Jansen, Paulina Mellado, Fabiola Burgos, Richard Tuttle, entre otros, Antonio recoge y adapta distintas prácticas escultóricas, fusionándolas en una propuesta propia: barata, juguetona y, a la vez, precaria.
De este modo, Antonio se muestra como un artista que, parafraseando las palabras de Sukegawa, nació para observar y escuchar el mundo. Con su ojo agudo, logra captar las sutilezas, las dinámicas, los sonidos y los materiales que atraviesan el espacio escultórico. Para él, la investigación artística es un viaje sin fin, un proceso continuo que, como una carrera de relevos, atraviesa generaciones y prácticas. Los artistas del pasado entregan el testigo a los del presente, quienes a su vez se nutren de sus creaciones y visiones. Estamos inmersos en un flujo constante de conexiones e inspiraciones mutuas. Antonio sabe leer esta dinámica con gran perspicacia, porque, al fin y al cabo, el atardecer no existiría sin el amanecer que lo precede.
Así, Cinco atardeceres, cinco amaneceres no es solo una muestra de esculturas, sino una invitación a observar el mundo con los ojos abiertos y escuchar el sutil murmullo de la creación que nunca deja de dialogar consigo misma. En la convergencia de esos momentos fugaces, Antonio nos ofrece una experiencia que trasciende el tiempo y nos recuerda que, como Tokue, todos estamos aquí para ver y escuchar, para estar presentes en el flujo incesante del significado de hacer arte.
Laura Ibáñez Kuzmanic