proyecto individual de Ernesto Cortés
El esplendor tecnológico de la segunda mitad del siglo XX prometió inimaginables avances que dejaron de pensarse para un lejano porvenir. En ese extraño momento de optimismo donde el presente se vivía como el auténtico futuro, era evidente el júbilo por la sociedad hiperconectada gracias a los adelantos de la computación personal.
Llama la atención como quienes fueron paladines de la formación de nuestro distópico mundo actual, se repliegan a la comodidad que proporciona un tipo de tecnología aprehensible a la escala humana. Se sabe que las firmas tecnológicas japonesas no discontinúan los teléfonos más sencillos, porque buena parte de la población nipona se conforma con las funciones básicas de comunicación que ofrece un aparato sin conexión a internet. Otras formas de resistencia son esas conocidas plataformas de distribución de contenidos, cuya bucanera labor es refugio de los que se niegan a vivir en una realidad donde el desarrollo tecnológico no comulgue con el romántico evangelio de los padres fundadores del valle del silicio.
Representante de la generación X aunque no del todo asumido como tal, Ernesto Cortés (CDMX, 1978) se maravilla de la época en que vivió su primera juventud, una era inocente donde el sentido humanista de la tecnología fue tierra prometida, representado por monolitos insignias como la Commodore 64 o el Nokia 3310. En sus dibujos realizados en modestas tintas de bolígrafo llevadas al límite de sus posibilidades materiales -otro arranque de romanticismo análogo si lo quieren ver de esa manera-, despliega las fábulas de presagios funestos, fruto de su curiosa arqueología de la posmodernidad, que apuntan con nostalgia que todo progreso humano eventualmente se transforma en ruina, con el sol como eterno testigo de nuestra febril existencia, manifestando que todo futuro tuvo un pasado boyante de felices utopias y que todo vestigio cuenta la historia de nuestras ideas del mañana, cuando el teletex era más que suficiente para corroborar que vivíamos en el más impensable de los presentes.
Carlos De La O