jardín escultórico de Gerardo Olivier
A veces el arte no requiere metáforas tan elaboradas. Bastan un par de trazos para establecer un relato y del resto se encargan los demás. Un techo en llamas ante el ataque de un Godzilla furibundo por definiciones de arte con las que puede o no estar de acuerdo. Tan simple es la descripción del jardín escultórico que propone Gerardo Olivier bajo el título de Efímero Trascendental para Álamos, la primera exhibición individual del novel artista.
Con el papel de estúpida de nuestra clase política -y otros cartones de reuso- Olivier modela al conocido icono de la cultura pop japonesa, el cual es escultura y piñata al unísono, sin negar su origen ontológico, pues fue construida para perecer bajo la ley del garrote. Gerardo concibe así el proceso escultórico, un breve momento en que a través de materiales mínimos garabatea el espacio para después eliminar su rastro.
Parece lógico si se piensa en el origen de su interés escultórico, los carrizos que sostienen los castillos y toritos, sello distintivo de su natal Tultepec, los cuales están hechos para el momento, para la trascendencia mínima del ritual, el cual se se regenera cada vez que se le invoca pero cuya episódica duración es más bien breve.
Así los gestos escultóricos de Olivier asumen su condición finita, ya sea ardiendo entre fuegos de artificio o digeridos por los jugos gástricos de los convidados a un banquete de tortillas grabadas, acercando su práctica peligrosamente al performance.
¿¡Qué más da!? Seguramente piensa el joven artista, su desenfado le permite recordar que eso de esculpir es un juego, uno que dura lo que tiene que durar.
Carlos De La O